En el estante de una feria del libro, la inscripción grabada en una camiseta llamó mi atención: «Las razas no existen; el racismo sí». Fernando Ortiz escribió en 1946 El engaño de las razas, ensayo clave en la evolución de un pensamiento antropológico que lo llevó a pensar el etnos cubano en términos de plena integración. El sabio desmontó científica y conceptualmente la aplicación de raseros raciales para clasificar a los seres humanos e intentar justificar la superioridad de unos sobre otros por el color de la piel.

Medio siglo después, cuando la vanguardia de la comunidad científica descifró el genoma humano, el anticipado aserto orticiano quedó una vez más confirmado: hay una sola raza, la humana. Los rasgos físicos externos se deben únicamente al 0,01 % de los genes, de modo que no cabe y es absolutamente anticientífico y falaz atribuir capacidades intelectuales y aptitudes a mujeres y hombres a determinada pigmentación cutánea.

Ya por ese tiempo avanzaban los estudios genéticos de la población cubana en la pesquisa de factores que inciden en la salud humana. La rigurosa investigación, lidereada por la doctora Beatriz Marcheco, arrojó, más allá de los objetivos iniciales propuestos, un resultado revelador. «Todos los cubanos –enfatizó la doctora luego de exponer datos irrefutables– sin lugar a duda somos mestizos, independientemente del color de la piel que tengamos».

El racismo es una construcción cultural que en el caso cubano parte de la herencia del pasado colonial y la explotación de mano de obra esclava africana traída a la fuerza a la isla. Al blanco europeo, que ocupó la cúspide de la pirámide social en el sistema de la economía de plantación, no solo le bastó con explotar y oprimir a los esclavos, sino que levantó el mito de la inferioridad racial de los negros y sus descendientes. Un mito que se naturalizó entre la mayoría de los criollos de piel clara y marcó las prácticas sociales durante la etapa colonial y luego en los años de la república neocolonial, en fenómeno vinculado con las divisiones clasistas.

Ortiz también lo dijo en una conferencia dictada en 1950: «En Cuba el racismo más grave es sin duda el movido contra el negro. Los racismos se agravan más contra los negros, allí donde éstos son o han sido socialmente sometidos y se quiere perpetuar su condición supeditada. Lo más negro del negro no está en la negrura de su piel sino en la de su condición social. La definición del negro como tipo humano, tal como generalmente se le conoce y considera por el blanco de prejuicios, se sale de la antropología para entrar en la política; pues hay que hacerla más por su hechura social que por su natura congénita. El negro debe menos negrura a sus morenos antepasados que a sus blancos convivientes. El negro lo es no tanto por nacer negro como por ser socialmente privado de luces. Ser negro no es sólo ser negro sino denegrido y denigrado».

Las transformaciones revolucionarias que comenzaron a operarse tras el triunfo de enero de 1959 abordaron esta situación y en gran parte la revirtieron. Muchas de las medidas adoptadas en aquellos años asestaron un golpe demoledor a los componentes estructurales del racismo.

En varias oportunidades el Comandante en Jefe Fidel Castro ventiló públicamente el tema. El 29 de marzo de 1959, al hablar en un acto efectuado en Güines, manifestó: «Nosotros, que somos un pueblo en el que figuran hombres de todos los colores y de ningún color; nosotros que somos un pueblo constituido por distintos componentes raciales, ¿cómo vamos a cometer la estupidez y el absurdo de dar albergue al virus de la discriminación? Aquí, en esta multitud, veo blancos y veo negros, porque el pueblo es eso; el pueblo está integrado por blancos y por negros y por amarillos, y eso debe ser Cuba. Eso es lo que debe predominar entre nosotros».

Sin embargo, la destrucción de las bases que daban lugar a un racismo institucionalizado y estructural en la etapa prerrevolucionaria no estuvo aparejada de una transformación de la subjetividad. No bastaba con proclamar la igualdad de derechos y oportunidades, ni la existencia de que condene los actos de discriminación, si no se trabaja por cambiar la mentalidad.

El propio líder histórico de la Revolución, en el imprescindible libro Cien horas con Fidel (2006), confesó mucho después a Ignacio Ramonet: «Éramos entonces lo suficientemente ingenuos como para creer que establecer la igualdad total y absoluta ante la ley ponía fin a la discriminación. Porque hay dos discriminaciones, una que es subjetiva y otra que es objetiva (…). La Revolución, más allá de los derechos y garantías alcanzados para todos los ciudadanos de cualquier etnia y origen, no ha logrado el mismo éxito en la lucha por erradicar las diferencias en el status social y económico de la población negra del país. Los negros no viven en las mejores casas, se les ve todavía desempeñando trabajos duros y a veces menos remunerados, y son menos los que reciben remesas familiares en moneda exterior que sus compatriotas blancos. Pero estoy satisfecho de lo que estamos haciendo al descubrir causas que, si no se lucha resueltamente contra ellas, tienden incluso a prolongar la marginación en generaciones sucesivas».

La otra gran batalla pasa por desplegar métodos educativos y culturales que aporten, más temprano que tarde, a la de una nueva subjetividad. Al mismo tiempo no debemos convivir con actitudes que, consciente o inconscientemente,  revelan la persistencia de prejuicios y se ponen de manifiesto en diversos espacios de nuestra cotidianeidad, desde los perfiles laborales hasta un programa de televisión.

No es posible admitir, por ejemplo, que para la contratación de personal en un centro, perteneciente al imprescindible sector no estatal de los servicios, se promueva el empleo de muchachas jóvenes y blancas. En tal caso sexismo y racismo se dieron la mano.

Como tampoco es posible pasar por alto, en un diálogo transmitido por la televisión, que se diga que un bailarín de piel negra es de color «azul» o se califique de «mulatocracia» el acceso de danzantes de pieles variopintas en las principales compañías del país, porque hay cosas que cuando se toman a la ligera, impensada e irresponsablemente, laceran sensibilidades.

El camino es largo, lo sabemos, pero hay que transitarlo paso a paso, sin reposo. En más de una ocasión, a lo largo de los años, el General de Ejército Raúl Castro ha analizado la necesidad de estimular y promover el protagonismo de la mujer y los negros y mestizos en la vida política, social y económica del país y en el perfeccionamiento de nuestro modelo social. En la sesión constitutiva de la novena legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el 18 de abril de 2018, tras constatar avances, llamó a no retroceder ni un paso, e hizo un llamado a trabajar por resolver definitivamente los problemas heredados en el tema que nos ocupa: «Las cosas hay que pensarlas –afirmó-, no decirlas y a la buena de dios, lo cumplieron o no lo cumplieron, insistiendo, buscando nuevos métodos, evitando cometer errores para que no nos critiquen en objetivos tan nobles, y hay que pensar una vez y volver a pensar en otra solución cuando no logramos resolver los problemas».

Pensemos y actuemos en consecuencia. Recordemos un concepto meridiano expuesto por ese notable intelectual revolucionario que fue Fernando Martínez Heredia: «La lucha por la profundización del socialismo en Cuba está obligada a ser antirracista».

Fuente:

Partido Comunista de Cuba

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